Hoy conviven dos formas muy distintas de entender la elegancia: el lujo silencioso y la obsesión por los logotipos. Mientras uno se basa en la calidad, la discreción y el buen gusto, el otro apuesta por hacer visible la marca como símbolo de estatus.
Como afirma el diseñador venezolano Hernán Zajar, «El lujo no necesita presentarse… se reconoce». Una frase que resume una verdad esencial: la elegancia auténtica no necesita anunciarse.
La diferencia entre vestir una marca y construir una imagen
Las prendas cubiertas de logotipos no son un problema en sí mismas. Cada persona es libre de vestir lo que le gusta. Sin embargo, cuando toda la imagen depende de que otros reconozcan una marca, el protagonismo deja de estar en quien la lleva y pasa a la etiqueta.
Paradójicamente, cuanto más grita una marca, menos habla la persona.
Como asesora de imagen personal y profesional, he comprobado que las personas con una imagen más sólida no son necesariamente las que invierten más dinero en su ropa, sino las que han aprendido a vestir con intención. Su estilo refleja su esencia, su personalidad y sus objetivos, no la necesidad de impresionar.
En ese sentido, otra reflexión de Hernán que me resulta especialmente acertada es que «la sofisticación nunca depende de una marca estampada… depende de una prenda que habla antes que cualquier logotipo».

