Por: Eilyn Paulina
Periodista
Cada día, en algún hogar dominicano, una silla queda vacía.
A veces es la del hijo que salió en motor sin casco, la del padre que respondió un mensaje mientras conducía o la de una joven que nunca llegó de regreso a casa.
En la República Dominicana, los accidentes de tránsito ya no son únicamente una problemática vial: son una crisis humana, sanitaria y social que deja miles de familias marcadas por ausencias permanentes.
Las cifras son contundentes. Según datos del Observatorio Permanente de Seguridad Vial (OPSEVI) del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (INTRANT), durante el año 2024 se registraron 3,114 muertes por accidentes de tránsito en el país, un promedio de ocho fallecimientos diarios.
Detrás de esos números hay historias interrumpidas, cumpleaños incompletos, graduaciones con una silla vacía y niños esperando a alguien que nunca volverá.
Una de las tasas más altas de la región
La situación de la seguridad vial dominicana ha sido señalada reiteradamente por organismos internacionales.
La Organización Panamericana de la Salud advirtió que la República Dominicana mantiene una de las tasas de mortalidad vial más elevadas de América Latina y el Caribe. De acuerdo con datos citados por la OPS, el país registra alrededor de 27 muertes por cada 100,000 habitantes, ubicándose entre las naciones con mayor letalidad vial de la región.
Asimismo, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) también ha señalado que la República Dominicana posee una de las tasas de mortalidad por siniestros viales más altas no solo de América Latina, sino del mundo.
El problema no responde a una sola causa, somos conscientes de los esfuerzos que se realizan desde el Gobierno, instituciones afines y organizaciones sin fines de lucro por combatir esta pandemia de los siniestros viales.
Aun así, expertos coinciden en que se trata de una combinación peligrosa entre los retos de la educación vial, el exceso de velocidad, el uso del celular al conducir, la conducción temeraria, el consumo de alcohol, las limitaciones de fiscalización y la débil cultura preventiva.
El drama de las motocicletas
Uno de los mayores desafíos sigue siendo el uso de motocicletas.
Las estadísticas de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (DIGESETT) muestran que gran parte de las víctimas fatales en accidentes de tránsito corresponden a conductores o pasajeros de motores. Solo en 2024, más de 1,500 fallecimientos estuvieron relacionados con motocicletas.
En muchos casos, las víctimas no utilizaban casco protector o circulaban en condiciones de alto riesgo.
La motocicleta se ha convertido en un medio de transporte masivo en el país, especialmente entre jóvenes y trabajadores informales. Sin embargo, las brechas para la regulación efectiva (y digo brecha porque es imposible tener un fiscalizador por cada ciudadano que conduce con imprudencia) y la normalización de prácticas peligrosas han convertido muchas vías dominicanas en escenarios permanentes de tragedia.
La imprudencia normalizada
Uno de los mayores retos de la seguridad vial en República Dominicana es cultural.
Conducir en vía contraria, ignorar señales, exceder la velocidad o utilizar el celular mientras se maneja son conductas que muchas veces se perciben como normales.
Esa normalización de la imprudencia ha creado una peligrosa indiferencia social frente al riesgo.
Mientras tanto, las emergencias hospitalarias continúan recibiendo víctimas diariamente y el Estado enfrenta pérdidas millonarias vinculadas a atención médica, discapacidad, productividad y mortalidad prematura.
Según datos citados en iniciativas oficiales de seguridad vial, los accidentes representan un fuerte impacto económico y sanitario para el país.
¿Qué puede cambiar esta realidad?
Aunque el panorama es alarmante, especialistas y organismos internacionales coinciden en que sí existen soluciones concretas capaces de reducir significativamente las muertes por accidentes.
Entre las principales medidas recomendadas se encuentran: fortalecer la educación vial desde las escuelas; endurecer y hacer cumplir las sanciones; ampliar los controles de velocidad y alcohol; garantizar el uso obligatorio del casco y cinturón; mejorar la señalización e infraestructura; y desarrollar campañas permanentes de concienciación ciudadana.
En 2021, el país lanzó el Plan Estratégico Nacional para la Seguridad Vial 2021-2030, con apoyo de la OPS/OMS, estableciendo como meta reducir en un 50 % las muertes y lesiones por accidentes de tránsito.
Más recientemente, el Gobierno dominicano y diversas entidades públicas y privadas impulsaron el Pacto Nacional por la Seguridad Vial, una iniciativa orientada a fortalecer la prevención, fiscalización y educación vial.
El esfuerzo se está haciendo, existe una ley clara que rige el tránsito y la seguridad vial en el país, pero si no se toma conciencia y compromiso individual de cada conductor, la realidad es que va a seguir quedando una silla vacía en una mesa del hogar, en un lugar de trabajo, en un templo, pero más que todo, un profundo vacío en el corazón de los hogares dominicanos.
La seguridad vial también es un acto de amor
Las campañas tradicionales suelen mostrar vehículos destruidos y escenas impactantes pero quizás el verdadero drama ocurre después, cuando la casa queda en silencio, cuando alguien no vuelve a ocupar su lugar en la mesa.
“La silla vacía” no es solamente un concepto simbólico que he querido abordar en este reportaje, es la realidad de miles de familias dominicanas que han perdido a un ser querido por una decisión de segundos.
Es importante recordar que la seguridad vial no comienza únicamente en las calles, comienza en la conciencia, cuando alguien decide reducir la velocidad, ponerse el casco, guardar el celular, respetar una señal, pensar en quienes lo esperan en casa.
Porque cada imprudencia deja una ausencia y porque llegar vivo también es un acto de amor, por favor ¡no dejes la silla vacía!

