
Dharma Fernández Brea
En los últimos
años se ha instalado, casi como una exigencia silenciosa, la idea de que
debemos construirnos bajo nuestros propios términos: ser auténticos, diseñar
nuestro camino y romper esquemas previamente establecidos. La propuesta resulta
atractiva, incluso liberadora y hasta necesaria. Sin embargo, hay una realidad
que rara vez se aborda con la profundidad necesaria: nadie comienza realmente
desde cero.
La mayoría de las
personas intenta construir su vida, su carrera o su identidad sobre una base
que rara vez fue cuestionada. Creencias heredadas, patrones aprendidos,
expectativas ajenas, miedos normalizados y decisiones que en su momento
parecían correctas, pero que hoy no necesariamente responden a la realidad que
se desea alcanzar. Sobre esa estructura —generalmente inconsciente— se pretende
edificar algo nuevo, sin detenerse a evaluar si los cimientos son realmente
sostenibles.
En ese punto
radica una de las principales contradicciones del desarrollo personal
contemporáneo. Se promueve el crecimiento constante, pero se omite el análisis
profundo de lo que ya está construido. Y sin ese análisis, cualquier intento de
avance corre el riesgo de convertirse en una simple reorganización de lo
existente, no en una transformación real.
Este fenómeno se
vuelve aún más evidente en un contexto donde el acceso a la información es
prácticamente ilimitado. Según el Foro Económico Mundial, el pensamiento
crítico figura entre las habilidades más demandadas a nivel global,
precisamente por la necesidad de interpretar, cuestionar y tomar decisiones en
medio de un volumen creciente de información. A esto se suma que, de acuerdo
con estudios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos
(OCDE), una proporción significativa de adultos presenta dificultades para
evaluar la calidad y veracidad de la información que consume, lo que evidencia
que el acceso al conocimiento no necesariamente se traduce en comprensión y
mucho menos en un cambio efectivo.
En ese escenario,
el concepto de desaprender adquiere una relevancia particular. No como una
tendencia, sino como una necesidad. Desaprender no implica simplemente olvidar
lo aprendido, sino someterlo a escrutinio. Implica cuestionar su vigencia, su
origen, su funcionalidad y su coherencia con los objetivos actuales. Es un
proceso que exige incomodidad, porque supone romper con lo familiar y reconocer
que muchas de las decisiones que hoy condicionan la realidad no fueron tomadas
de forma consciente.
Lo complejo de
este proceso es que no se percibe de inmediato. A diferencia del aprendizaje,
que suele asociarse con avance visible, el desaprendizaje opera en un plano más
interno, más silencioso, pero igualmente determinante. De hecho, uno de los
errores más comunes en la actualidad es confundir movimiento con progreso. Se
acumulan cursos, certificaciones, herramientas y experiencias, pero se
mantienen intactos los patrones de pensamiento y comportamiento que limitan el
crecimiento.
Esto explica por
qué muchas personas, aun con altos niveles de formación, continúan enfrentando
los mismos resultados. No por falta de capacidad, sino por falta de revisión
estructural interna. Se cambia la forma, pero no el fondo. Se adoptan nuevas
metodologías, pero desde la misma “lógica” que se pretende superar.
El verdadero
punto de inflexión ocurre cuando se asume una responsabilidad distinta frente
al propio proceso. No desde la presión externa de cumplir con un estándar, sino
desde la intención consciente de construir con coherencia. Esto implica
detenerse, revisar, cuestionar y ajustar, respetando el propio proceso. No todo
lo aprendido debe descartarse, pero sí debe ser evaluado con criterio. No todo
cambio representa progreso, pero todo progreso implica, necesariamente, un
cambio.
Construirse bajo
términos propios no es una declaración, es una práctica sostenida. Una práctica
que exige claridad para decidir qué mantener, qué transformar y qué incorporar.
Que demanda honestidad para reconocer desalineaciones y disciplina para sostener
decisiones que, aunque correctas, no siempre resultan cómodas.
En un entorno que
privilegia la inmediatez, detenerse a reconstruir con intención puede
interpretarse como una pausa innecesaria. Sin embargo, es precisamente ese
ejercicio el que permite reducir errores, evitar la repetición de ciclos y
desarrollar una dirección más clara. Porque cuando se comprende sobre qué se
está construyendo, el proceso deja de ser una reacción ante estímulos externos
y se convierte en una decisión consciente.
Dharma Fernández Brea | FB DHARMA
“Que el criterio suene más que el ruido”.
