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Grupo Niche desata una “prueba de fuego” salsera en el Hotel Jaragua


 La noche del pasado sábado, el legendario Grupo Niche convirtió el Teatro La Fiesta del Hotel Jaragua en un templo de salsa, memoria y emoción, con un concierto que recorrió más de cuatro décadas de historia musical y reafirmó su conexión inquebrantable con el público dominicano.

Desde las 12:30 de la madrugada, la orquesta encendió la pista con “Prueba de fuego”, dando inicio a un juego intenso “al gato y al ratón” entre la banda y una audiencia que no dejó de cantar, bailar y responder a cada arreglo. Clásicos como “Hagamos lo que diga el corazón”, “Los colores del amor” y “Quiero que tú me quemes” marcaron el pulso romántico de una velada cargada de nostalgia y celebración.

El repertorio avanzó entre coros multitudinarios con temas como “Cómo podré disimular”, “Gotas de lluvia” y “Buscar por dentro”, demostrando la vigencia lírica y musical del grupo. Uno de los momentos más emotivos llegó con “Se pareció tanto a ti”, que arrancó suspiros y aplausos prolongados, confirmando que las canciones de Niche no envejecen: se transforman en recuerdos colectivos.

La fiesta subió de intensidad con “Digo yo”, “Al corazón no se amarra” y “Juntos caminemos juntos”, antes de entrar en el segmento más identitario del show. “Cali, fiesta y rumba”, “Cartagena” y la dedicatoria a Buenaventura conectaron al público con las raíces afrocaribeñas de la salsa colombiana, en un homenaje sonoro a los territorios que dieron origen al género.

El clímax llegó con “La cárcel” y el himno eterno “Cali Pachanguero”, cantado a todo pulmón como cierre triunfal de una noche que celebró 46 años de historia musical. Además, la agrupación dedicó el concierto al maestro Willie Colón, reconociendo su invaluable legado en la música latina y su influencia en generaciones de salseros.

Entre agradecimientos y promesas de regresar, el Grupo Niche dejó claro que, aunque no puedan tocarse todas las canciones que el público pide, su esencia sigue intacta: salsa con alma, disciplina y corazón. El Jaragua fue testigo de una noche donde la música no solo sonó, sino que se sintió, se cantó y se quedó latiendo en cada asistente.

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