OPINION: Los funerales del periodismo


POR ALBERTO QUEZADA

El ejercicio del periodismo en la República Dominicana está de capa caída. El panorama es desolador y terrible para los hombres y mujeres de la prensa que aspiran a vivir de manera decente de esa profesión.

Cada día que pasa esa noble profesión es asaltada, vilipendiada y prostituida por una legión de usurpadores, enganchados y chantajistas, que nadie le pone freno ni los enfrenta con determinación.

Es duro decirlo, pero el mejor oficio del mundo como lo definiera en sus buenos tiempos el premio nobel de literatura Gabriel García Márquez, cada vez más pierde su esplendor, encanto y respeto.

Los egresados universitarios y enganchados parecen ser la misma cosa, los influencer, pagineros, comunity manager improvisados y sin formación periodística, se adueñan del medio ante la mirada indiferente de los entes reguladores que no parece entender la magnitud del problema.

Pero más aún, los espacios de trabajos en los medios periodísticos, empresas corporativas e instituciones públicas son cada vez menos, ya que esos Francis Drake del siglo XXI se colocan a sangre y fuego.

Ante este panorama incierto y desolador del ejercicio del periodismo es preciso preguntarse ¿dónde van colocarse esos miles estudiantes de periodismo que están formándose en nuestras aulas universitarias?.

Pienso que las reglas para ejercer el periodismo de manera profesional en la República Dominicana hay que repensarla urgentemente, se hace indispensable orientarla hacia estadios de respecto como lo han logrado otras profesiones.

Así no es posible continuar, no más complicidad, temores y arrodillamientos ante el poder en todas sus manifestaciones, ¡ya basta de retórica!.



Es asqueante ver como ciertos especímenes enganchados a periodistas continúan como el whisky aquel haciendo periodismo sin el más mínimo conocimiento de las técnicas y principios éticos. Eso no puede ser, por el amor de Dios.

No es posible seguir tolerando de manera irresponsable como una profesión se cualquieriza y diluye entre el fango de las inconductas y sus principales actores permanecen frisado en la contemplación y la cobardía.

Hay que de definir un nuevo marco jurídico adaptado a estos tiempos que ponga frenos a este desenfreno, porque de no hacerlo de esta manera estaríamos asistiendo a los funerales de una profesión que está llamada hacer el puente entre el Gobierno y la población.
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