Por: Angela Falconery Díaz
Hay algo profundamente mágico en la manera en que un pueblo decide recordar quién es. Más allá de los monumentos de piedra o los libros de historia que reposan en las bibliotecas, el patrimonio más auténtico es aquel que se lleva en la piel, el que huele a leña de madrugada, el que suena a cuero de tambor y el que se baila sin necesidad de libreto.
Cada 17 de octubre, al conmemorarse el Día Internacional del Patrimonio Cultural Inmaterial, la República Dominicana no solo marca una fecha en el calendario; celebra la vida misma de sus tradiciones. Esas costumbres que han resistido el paso del tiempo y que hoy ostentan con orgullo el reconocimiento de la Unesco como Herencia Inmaterial de la Humanidad.
Cinco son las grandes expresiones que nos representan ante el mundo, pero que en el día a día pertenecen al pueblo que las mantiene vivas:
1. Los Congos de Villa Mella: la memoria ancestral del tambor
Caminar por Villa Mella es sentir la vibración profunda de la Cofradía del Espíritu Santo. Distinguida por la Unesco desde 2001 (e inscrita oficialmente en 2008), esta manifestación afrodominicana es mucho más que música: es la dignidad de los ancestros, un puente espiritual entre el dolor de la historia y el consuelo de la fe comunitaria. Cuando suenan la canoita y los congos, el tiempo se detiene para rendir homenaje a la memoria.
2. El Teatro Bailado Cocolo: la danza viva de los Guloyas
En San Pedro de Macorís, el color y el ritmo cobran una dimensión casi mística. Heredado de los trabajadores migrantes de las Antillas Inglesas que llegaron en el siglo XIX a los ingenios azucareros, el teatro cocolo es un estallido de máscaras, capas multicolores y cascabeles. Inscrito en 2008, el baile de los Guloyas relata historias de resistencia e integración que siguen haciendo latir el corazón del Este dominicano.
3. El Merengue: la banda sonora de la dominicanidad
Hablar de nuestra identidad sin mencionar el merengue sería dejar la casa sin cimientos. Declarado Patrimonio Inmaterial en 2016, este ritmo nacido en el corazón del Cibao rural resume nuestra esencia triétnica: el alma africana en la tambora, la presencia taína en la güira y la pincelada europea en el acordeón. El merengue no es solo un género musical, sino el abraza de un pueblo en la pista y la forma más pura en que expresamos la alegría de vivir.
4. La Bachata: del sentimiento popular a la conquista del mundo
Nacida en los márgenes urbanos y rodeada durante décadas por prejuicios sociales, la bachata recorrió un camino de superación heroico hasta inscribirse en la Unesco en 2019. Hoy, el punteado melancólico de sus guitarras y la cadencia de sus pasos conquistan escenarios desde Tokio hasta Madrid, enseñándole al mundo entero a cantarle al amor y al desamor con el corazón abierto.
5. El Casabe: la mesa donde el pasado taíno sigue presente
El reconocimiento más reciente abraza los conocimientos y prácticas tradicionales para la fabricación y el consumo del pan de yuca heredado de los taínos. Desde el cultivo en el conuco, el rallado y el prensado en el cibucán, hasta la cocción milenaria sobre el burén, la preparación del casabe constituye una lección viva de sostenibilidad, identidad rural y fraternidad gastronómica. Servir casabe es, verdaderamente, compartir la historia viva de la patria.
Proteger lo que somos para el mañana
El valor del patrimonio inmaterial no reside únicamente en los aplausos internacionales ni en la placa del reconocimiento formal. Vive y late si la juventud continúa haciendo sonar la tambora, si los niños aprenden a valorar la tierra y si en cada rincón del país mantenemos encendido el orgullo por nuestras raíces.
Preservar esta herencia no es un ejercicio de contemplación del pasado, sino un compromiso diario con el futuro de la República Dominicana.
Sobre la autora:
La Licda. Angela Falconery Díaz es Especialista en Comunicación Política.
Actualmente se desempeña como Embajadora de la Escuela de Negocios Europea de Barcelona (ENEB), del Foro Mundial de Relaciones Públicas, Protocolo y Eventos.

