EL PENSÓDROMO
Raphy D’Oleo
Ramón Orlando, al presentarse en el Estadio Olímpico, puso sobre el tapete una realidad que merece ser analizada: la afirmación de que el merengue, los merengueros y la música dominicana están en crisis puede estar enfocando el problema desde el ángulo equivocado. Lo ocurrido demuestra que existe un público dispuesto a respaldar nuestra música cuando se le presenta una propuesta capaz de convocarlo. Lo que realmente parece estar en crisis es EL NEGOCIO DE LA MÚSICA.
Sin tener actualmente una producción discográfica de gran impacto y enfrentando un escenario que podía considerarse adverso, Ramón Orlando y los artistas invitados lograron llenar uno de los espacios de mayor capacidad del país. La rentabilidad de un acontecimiento de esta magnitud no puede medirse únicamente por la asistencia. El montaje contó con el respaldo de patrocinios, especialmente del sector estatal, además de la colaboración de los artistas participantes. Más que celebrar el resultado, debemos preguntarnos qué enseñanzas deja para el futuro del espectáculo dominicano.
El maestro demostró que la ausencia de una producción discográfica y el limitado apoyo promocional no constituyen, por sí solos, las causas fundamentales de las dificultades que enfrenta nuestro género. Su proyecto, al asumir un riesgo considerable, puede marcar un punto de inflexión para comenzar a revisar el formato comercial con el que estamos manejando el show business. Una cosa es la vitalidad de la música y otra muy diferente la capacidad del negocio para convertir esa vitalidad en una actividad sostenible y rentable.
El problema del merengue está en el mercadeo. Las tarifas de algunas de sus principales figuras resultan difíciles de asumir para muchos propietarios de locales de diversión. A esto se suman los precios de las entradas y del consumo, creando una ecuación que termina alejando al público. Cuando el empresario no obtiene rentabilidad, reduce los espectáculos; cuando disminuyen los espectáculos, el artista pierde espacios y el género presencia.
Por eso, después del Estadio Olímpico, la pregunta es: ¿y ahora qué hacemos? Hace falta una reingeniería del mercadeo artístico, donde artistas, empresarios y patrocinadores revisen tarifas, entradas y costos de consumo para estimular la asistencia y recuperar la rentabilidad del espectáculo. Quizás el gran mensaje de Ramón Orlando no sea solamente que el merengue todavía puede llenar un estadio, sino que hay que encontrar la manera de que también pueda hacer rentable el negocio que sostiene nuestra música.
