La transformación tecnológica está cambiando también la forma en la que las
organizaciones entienden la formación. La actualización de competencias no
puede depender únicamente de cursos puntuales. Mantener el talento preparado
empieza a convertirse en una cuestión de competitividad.
Hubo un momento en el que terminar una carrera, completar un posgrado y
acumular algunos años de experiencia parecía suficiente para construir una
trayectoria profesional sólida y, casi casi, olvidarte de renovar conocimientos.
Ese escenario ya no existe.
La tecnología modifica procesos, herramientas y puestos de trabajo a una
velocidad que hace difícil pensar en el aprendizaje como una etapa cerrada. La
inteligencia artificial es probablemente el ejemplo más evidente, pero no el
único. Datos, ciberseguridad, automatización, marketing digital, comercio
internacional o nuevas formas de gestión están transformando el trabajo de
profesionales que, en muchos casos, llevan años desempeñando sus funciones.
Para las empresas, esto plantea una cuestión que va mucho más allá de los
recursos humanos... ¿Cómo mantener actualizado el conocimiento de una
organización sin detener su actividad?
La respuesta está llevando a muchas compañías a replantearse la relación entre
trabajo y formación.
El conocimiento también necesita actualización
Una empresa puede invertir años en desarrollar a un profesional y, precisamente
por eso, tiene poco sentido que la respuesta a cada cambio tecnológico sea
sustituirlo por alguien que ya posea las nuevas competencias.
En muchos casos, resulta más eficiente actualizar el talento que ya conoce la
organización.
El problema es que los modelos tradicionales de formación no siempre están
preparados para hacerlo.
Un directivo difícilmente puede abandonar durante meses sus responsabilidades.
Un profesional que trabaja con clientes internacionales no puede adaptar toda su
agenda a un calendario académico rígido. Y una empresa con equipos distribuidos
en diferentes ciudades o países necesita soluciones que no dependan de que
todos sus empleados puedan estar en el mismo lugar a la misma hora.
La formación online ha contribuido a resolver parte de este problema, pero su
importancia va más allá de la flexibilidad.
“Durante mucho tiempo hemos entendido la formación como una etapa previa a
la incorporación al mercado laboral. Ese planteamiento ya no responde a la
realidad. Hoy un profesional puede tener una trayectoria consolidada y, al
mismo tiempo, necesitar adquirir nuevas competencias para seguir
desempeñando su función con garantías. La formación tiene que acompañar a la
carrera profesional, no competir con ella”, señala Miguel Ángel Blanco Cedrún,
rector de Spain Business School.
Cuando la formación entra en la agenda del comité de dirección
Esta transformación cambia también la conversación dentro de las empresas.
La formación deja de ser exclusivamente una partida presupuestaria de Recursos
Humanos y empieza a relacionarse con cuestiones como productividad,
innovación, transformación digital o capacidad de adaptación.
La pregunta ya no es solamente cuántos empleados han realizado un curso, sino
que hay que complementarla con “y qué pueden hacer ahora que antes no podían
hacer”. La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la forma de
evaluar una inversión en formación.
Un programa sobre inteligencia artificial, por ejemplo, tendrá poco impacto si se
limita a explicar conceptos. Su verdadero valor aparece cuando un profesional es
capaz de identificar qué procesos de su departamento pueden automatizarse,
interpretar los resultados de una herramienta o incorporar nuevas tecnologías a
su toma de decisiones.
Lo mismo ocurre con muchas de las áreas que conforman las empresas.
El auge de la formación compatible con la actividad profesional
Esta necesidad ayuda a explicar el crecimiento de los programas de posgrado
diseñados para profesionales en activo.
La modalidad online permite eliminar una de las principales barreras de la
formación tradicional: la necesidad de elegir entre estar trabajando y estar
estudiando.
Pero también está cambiando el perfil de quienes acceden a estos programas. Ya
no se trata únicamente de jóvenes que buscan su primera especialización. Cada
vez tiene más sentido que profesionales con experiencia vuelvan al aula —física o
virtual— para actualizar conocimientos, cambiar de área o prepararse para
asumir nuevas responsabilidades.
La experiencia profesional, además, modifica la propia experiencia de
aprendizaje.
Un profesional que lleva diez años gestionando equipos aborda una materia de
liderazgo de una forma diferente a quien todavía no ha dirigido personas. Un
responsable de marketing interpreta la analítica desde problemas reales de
negocio. Un directivo financiero puede trasladar inmediatamente determinados
conocimientos a las decisiones que está tomando en su compañía.
Por eso, la formación de posgrado está adquiriendo un componente cada vez más
profesional.
La internacionalización ya no depende de viajar
La digitalización también ha cambiado el concepto de internacionalización de la
formación.
Hace unos años, estudiar en una escuela de negocios extranjera implicaba
necesariamente desplazarse. Hoy, un profesional de Latinoamérica puede
compartir aula virtual con compañeros de España y de otros países sin abandonar
su ciudad.
Esa diversidad tiene un valor que va más allá de la experiencia académica.
La internacionalización no consiste únicamente en tener alumnos de diferentes
nacionalidades. También consiste en aprender a trabajar con perspectivas
diferentes.
Las empresas trabajan con clientes, proveedores, equipos y mercados
internacionales. Comprender cómo se toman decisiones en otros entornos
empresariales puede convertirse en una competencia profesional.
Es una de las características que está adquiriendo mayor peso en la educación
empresarial y que explica que determinados centros hayan construido
comunidades académicas que trascienden las fronteras físicas.
Spain Business School, por ejemplo, señala que más de 5.000 alumnos de más de
25 países han pasado por sus programas.
¿Cómo se mide la calidad cuando la formación se hace online?
El crecimiento de la formación digital plantea, sin embargo, otro desafío:
distinguir entre flexibilidad y calidad.
Que un programa pueda realizarse online no significa necesariamente que
ofrezca una buena experiencia académica.
Para una empresa que decide invertir en la formación de un profesional, o para
un directivo que decide dedicar parte de su tiempo a estudiar, aparecen otras
preguntas: quién imparte las clases, cómo se actualizan los contenidos, qué
relación existe con el mundo empresarial, cómo se evalúan los resultados y qué
garantías de calidad existen.
Los rankings son una de las herramientas que utilizan los estudiantes y las
organizaciones para orientarse en este mercado.
En la edición 2026 del Ranking Innovatec, Spain Business School ocupa el 2º
puesto del Top 25 de Escuelas de Negocios Online de España, solo por detrás
de IE Business School, y el 5º puesto de las mejores escuelas Iberoamericanas,
El dato resulta interesante no solo por la posición concreta de una escuela, sino
porque refleja el creciente peso que tiene la formación empresarial online
dentro del ecosistema educativo.
De los rankings a los sistemas de calidad
La posición en un ranking, sin embargo, es solo una parte de la fotografía. En un
mercado con una oferta cada vez mayor, los sistemas de garantía de calidad
adquieren especial importancia.
En España, Cualificam, es el organismo que certifica la calidad de programas de
Máster Profesional siguiendo estándares vinculados al Espacio Europeo de
Educación Superior. El sistema contempla procesos que van desde la admisión y
la gestión académica hasta las prácticas, la orientación profesional, la
satisfacción del alumnado y la inserción laboral.
Para las empresas, estos mecanismos aportan algo especialmente importante:
criterios objetivos para valorar qué hay detrás de una titulación.
Spain Business School cuenta con programas de Máster Profesional acreditados
mediante Cualificam y, además, dispone de una valoración global de 5 estrellas
QS Stars.
La empresa del futuro necesitará aprender más deprisa
La cuestión de fondo no es, por tanto, si la formación online sustituirá a la
presencial.
Probablemente no lo hará.
Los modelos presenciales seguirán siendo importantes para determinadas
experiencias, especialmente aquellas que requieren interacción directa o
determinadas dinámicas prácticas. Al mismo tiempo, los formatos online e
híbridos permiten llegar a profesionales que, de otro modo, tendrían dificultades
para acceder a determinados programas.
La tendencia apunta más bien hacia una convivencia de modelos.
De hecho, Spain Business School ofrece actualmente programas en modalidades
online, presencial e híbrida, una flexibilidad que responde a perfiles y
necesidades profesionales diferentes.
Lo verdaderamente relevante es otra cosa: la formación está dejando de ser un
acontecimiento puntual para convertirse en un proceso continuo. Y eso afecta
directamente a las empresas.
“La cuestión para las organizaciones no es únicamente formar a sus
profesionales, sino crear las condiciones para que puedan seguir aprendiendo
mientras trabajan. Cuando la tecnología cambia más rápido que los ciclos
tradicionales de formación, la capacidad de actualizar el talento se convierte en
una cuestión de competitividad”, explica Miguel Ángel Blanco Cedrún.
El verdadero coste puede estar en no actualizarse
Durante años, el debate sobre formación empresarial se ha centrado
principalmente en cuánto cuesta formar a un empleado.
Quizá haya llegado el momento de plantear la pregunta al revés. ¿Cuánto le
cuesta a una empresa no actualizar a sus profesionales?
La respuesta no aparece necesariamente en una factura. Puede manifestarse en
procesos que podrían automatizarse y no lo hacen, decisiones que se toman con
información insuficiente, oportunidades de negocio que no se detectan o
profesionales que necesitan más tiempo para adaptarse a nuevas herramientas.
También puede aparecer en algo más difícil de medir: la pérdida de capacidad
de innovación.
Una organización no aprende únicamente cuando incorpora una nueva
tecnología. Aprende cuando sus personas son capaces de comprenderla,
cuestionarla y utilizarla para resolver mejor los problemas del negocio.
Por eso, la formación está dejando de ser una herramienta exclusivamente
vinculada al desarrollo individual para convertirse en una infraestructura de
adaptación empresarial.
Y en un entorno en el que la única constante parece ser el cambio, esa capacidad
puede terminar siendo tan importante como la tecnología que la provoca.
“No sabemos exactamente qué herramientas dominarán el mercado dentro de
cinco años. Lo que sí sabemos es que las organizaciones necesitarán
profesionales capaces de aprender, desaprender y volver a aprender. La ventaja
competitiva no estará solo en tener acceso a la tecnología, sino en contar con
personas preparadas para utilizarla”, concluye Miguel Ángel Blanco Cedrún.
La formación ya no termina cuando comienza la carrera profesional. Para las
empresas que quieran seguir siendo competitivas, probablemente tendrá que
formar parte de ella durante toda la vida laboral.
